I due fiumi
Silhouette Photo of Person During Dawn ( Arnie Watkins / Pexels)
Nunca la había visto así y puede que vosotros tampoco. Lo mío fue casualidad, salir de la casa para ver si el gato estaba cerca y quería entrar, levantar la vista y ¡bam!
Recuerdo aquel arcoiris anular en Spity cuando paramos para comer en medio del desierto entre barracas y hielo, pero nunca esperé ver algo similar de noche. La luna nos brillaba creciente casi llena y difuminada, lejos, muy lejos y pequeñita, y a su alrededor un anillo brillante. En serio, esta luna se enmarcaba en el centro perfecto de un anillo de luz que parecía abrir el cielo como una gran cúpula o una de esas cubiertas plateadas de restaurante bien muy-bien en el que la comida es también una sorpresa. El azul de medianoche se dividía en dos y todo lo que estaba dentro de ese anillo parecía no existir, como si la luna barriera las estrellas.
“¿Y si es el fin del mundo?” dije. “Calla calla” respondió Jess. Y qué bonito fin del mundo sería, joder. Como en una explosión lunar, barridos por la luz, dando paso a un azul un poquito más claro. Dejándonos ir.
Esta era una de aquellas cosas de las que no puedes apartar la vista aunque sepas que por más que la mires, nunca, de verdad nunca, podrás recordarla como era. Tal vez con suerte quede aquella emoción corta y el recuerdo de algo magnífico que no puedes recordar bien, como un sueño. Así que sentí el sentarme, que vino sin pensarlo, y me quedé encogido y mirando al cielo. “Tal vez así me convierta en hombre lobo”—pensé—, y lo pensé en serio.